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¿Piratas en un país mediterráneo?

Subido por Faby Q el Mié, 12/27/2017 - 12:08
Nombre del autor: 
Lil Fredes

Hace poco lanzamos “Cultura radical”, un ensayo audiovisual que aborda las motivaciones e ideas de quienes, en Cochabamba, venden cine pirata de “difícil acceso”. La premisa fue dejar de especular sobre el porqué instalar un negocio de venta de cine catalogado como “no comercial”: ¿Hay algo más que el dinero? ¿Vender cine “alternativo” es mejor negocio o tiene un nicho de mayor poder adquisitivo que el que compra “Saw” recién salida del cine? En esa búsqueda, encontramos a Martha, Miguel, Mario y Guillermo en sus tiendas, rodeados de títulos, hablando de algo distinto a números, inversión y negocios: el acceso.

Al estrenar, algunos cuestionaron si el video era una defensa de la piratería, de una actividad marcada como ilegal que no resuelve el fondo del asunto: la mercantilización del acceso a bienes culturales. Pregunta difícil, en especial cuando se trabaja cerca de espacios culturales y por retribuciones justas, cuando se aboga por la cultura libre y el repensar la distribución, pero, a la vez, se valora la posibilidad de acceso gracias a la circulación de materiales inaccesibles por el costo del “original”, el cartel de “agotado” o la tortuosa conexión a Internet que dificulta la autogestión de la “piratería”. No solo es cine: libros, fotografías, tejidos, cantos o historias de nuestros pueblos están fuera de alcance, porque lo que no se distribuye en circuitos oficiales del mercado no existe y, si la industria decide que exista, se limita a quienes puedan pagarlo.

“Cultura radical” apunta a lo que ocurre más allá de los paradigmas de restricción de acceso o de cultura libre, en un contexto que grita que ni el copyright ni el copyleft están en el centro del debate del consumidor cultural. Quien compra pirata no está pensando en si le hace daño a la industria; tampoco abraza el DVD y lo levanta glorioso con la consigna de rebeldía. El video muestra que quien consume es coleccionista (sí, de DVD piratas), lavador de autos, minero, artista (ojo) o docente, en busca de recuerdos, ideas, pasatiempos, obsesiones. Eso parece clarificar desde dónde debemos debatir y construir alternativas para el ejercicio del derecho de acceso a la cultura, y, Cultura radical no es más que una invitación a esa conversa.

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