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La confusión con el concepto de cultura

Autor: 
René Antezana Juarez

Desde que se amplió el concepto de cultura, de modo que no se reduce tan solo a las bellas artes, hay una gran confusión. Ahora incluye una mirada antropológica, donde se entiende por cultura todo lo que hace el humano desde que transforma un objeto natural para un fin. En tal sentido, “todo” es cultura.

Esto tiene dos caras: una positiva, ya que reconoce como proceso creativo lo que era considerado “no cultura” o “cultura inferior”, aquello desarrollado en zonas agrícolas o sectores populares. Cuando los europeos llegaron a América, determinaron que estas culturas estaban animadas por el demonio y, por tanto, toda la creación artística y cultural estaba en pecado. Esto justificó en parte el genocidio y la explotación de gente y recursos. De igual forma, hoy se denomina “folclore” a las expresiones culturales populares como si fueran de menor rango que otras más “cultas”. El concepto “folclore” (cultura del pueblo) tiene un tufillo clasista, racista y discriminador. Es indudable que el pueblo también hace cultura y, no en pocos casos, logra potentes expresiones que se pueden ver en los textiles, las fiestas populares, la música y otros. Desde este punto de vista, la cultura ha sido un territorio de pertenencia y de resistencia a procesos de dominación cultural, política y económica.

La otra cara es de confusión cuando la cultura pasa a manos de intereses económicos y políticos que convierten la rebelión, la resistencia y las expresiones de los pueblos y sus creadores en meros objetos de consumo. Hoy en día la cultura ya no es territorio de transformación y búsqueda de nuevos horizontes para los países y para la civilización, sino un enorme negocio promovido por corporaciones que imponen modas, gustos, preferencias, consumo, y que le ponen precio a toda expresión artística, ya sea que venga de procesos populares o de creadores colectivos o individuales. Esta confusión no es gratuita, está dirigida a promover generaciones de personas sin capacidad crítica y, lo peor, sin interés de involucrarse en lo político (lucha por el bien común), bien alimentados en su individualismo consumista. Las llamadas “industrias culturales” tienen esta carga conceptual y política. De pronto, ya ni la cultura —como espacio de creación y recreación— ni los creadores (hay excepciones, claro está) cumplen una función de resistencia y transformación, sino se convierten en correas de transmisión de un sistema que los devora en mente y alma. Si bien el nuevo concepto de cultura pone en su lugar muchas cosas, también deforma el rol de la cultura y lo desvanece peligrosamente.

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